6 de febrero de 2010

Círculo mágico

Unai y Adirane El viejo café de la plaza circular conserva el regusto de los establecimientos de antaño. Próximo a la estación de Abando, es un continuo ir y venir de gente variopinta. Viajeros , amas de casa con niños, ejecutivos y jóvenes. El paisaje cambia conforme transcurre el día. Se diría que el viejo café de la plaza Biribila se reinventa cada hora. Lo inmutable en él son su vieja barra, la decoración años cincuenta y los entrañables camareros. Ataviados de blanco y negro a la vieja usanza: pantalón con raya y botonadura dorada ciñendo la chaquetilla, serpentean con ligereza entre las mesas atestadas a la hora del tapeo.

El café sin embargo tiene una hora bruja. A las siete y cinco , algo tarde para la merienda y temprano para la cena, la puerta giratoria da paso en sucesivas oleadas a personas entradas en años, que comentan las noticias del día frente a un café con leche o un chocolate con churros.

Confieso que en mis viajes a Bilbao reservo siempre un momento para sentarme en la mesa del rincón junto a la cristalera, desde donde contemplo toda la estancia. Me gusta saborear la danza que allí se representa. Poco después de las siete y cinco entran ellos. Puntuales. Altos y espigados. Observan las mesas que quedan libres y con un solo ademán se indican uno a otro la elección. Toman asiento. Un breve gesto de la mano y ella reclama la presencia del camarero. Llama la atención su elegancia, el porte señorial, y un halo de felicidad que los envuelve en un mundo aparte, infranqueable al resto de los parroquianos.

Miguel, el mas antiguo de los empleados, me acerca el periódico y la bebida. La curiosidad me puede y discretamente pregunto. Así averiguo que se llaman Unai y Adirane. Mientras me sirve desgrana la historia de ambos hasta donde él conoce.

Adirane llegó en un lluvioso día de invierno. La cocina del caserío era un hervidero de gente. El aya se afanaba con la cocinera llenando la enorme marmita y cortando paños de lino. No era primeriza la señora, pero sí tenía malos partos. D. Pascual en el piso superior tampoco podía estar en reposo, a juzgar por las pisadas en el suelo de su despacho, que retumbaban sobre la cocina. Media hora y tres cigarrillos después el llanto infantil sacó a D. Pascual de sus paseos.

A pocos kilómetros del caserío, a la misma hora, Paca sintió una cuchillada en el vientre. La bala de paja que arrastraba le sirvió de apoyo. Se le cortaba la respiración. Al oír el grito, Miguelón acudió desde el prado frente a la cabaña, desde donde vigilaba el rebaño. El médico estaba lejos, no había tiempo, así que Miguelón apretando fuerte la mano de su mujer, colocó su cabeza sobre la paja. Apenas transcurrida media hora, Miguelón colocaba entre los brazos de Paca un muchacho encarnado, de carnes prietas que berreaba con buenos pulmones, al que llamaron Unai.

Ambos crecieron juntos, jugando por los prados, pescando en el río o bañándose a escondidas en la playa de Plentzia. Se comunicaban sin apenas gestos.  Entre ellos empezó a surgir lo que un buen día D. Pascual decidió que había llegado el momento de cercenar. Adirane fue enviada a un internado en Suiza, donde recibiría la mas esmerada educación con vistas a un matrimonio conveniente. Unai aprendió con Miguelón todos las labores del campo y a cuidar del ganado.

Cuando regresó de Suiza, Adirane se estableció en Bilbao, cerca de la residencia de su futuro esposo en Neguri. No brillaba ya en su rostro la sonrisa de niña. La boda fue uno de los acontecimientos sociales del año. Y aún resonaban los ecos cuando estalló la guerra. La vida cambió para todos. Los que pudieron huyeron a Francia. Adirane casada y lejos de su tierra jamás olvidó a Unai. En mas de veinte ocasiones trató de hacerle llegar cartas desde el otro lado de la frontera. Mas la vida parecía dispuesta a mantenerlos alejados.

Miguel vuelve con el segundo txikito y nuevos pintxos, para contarme que treinta años después volvieron a encontrarse. Adirane, viuda y arruinada, había vuelto a la vieja casa bilbaína, único bien que heredó. Un día entró a tomar café al viejo establecimiento, donde Unai bajaba como cada tarde a echar la partida con los de la sociedad gastronómica. Apenas se vieron el mundo quedó suspendido a su alrededor. Cuantos estaban aquella tarde en el café sintieron el magnetismo de sus miradas y respiraron el anhelo que las circunstancias no habían logrado sofocar.

Desde entonces todas las tardes a las siete y cinco, la hora mágica en la que sus corazones volvieron a latir al unísono, Adirane y Unai, jubilados ambos, se sientan en una mesita de mármol. Cogidos de la mano contemplan la parroquia concurrida a esa hora, tarde para la merienda y temprano aún para la cena. Ella con porte dulce, erguida, elegante, con jersey negro de cuello alto sobre el que destaca la tez blanca y el pelo plateado. El, de recia constitución como buen hombre del norte y pícara sonrisa que exhibe a cada comentario de Adirane.

El café bulle de actividad. Pero puedo asegurar que cuando de forma imperceptible me giro para observarles desde mi particular atalaya, siento enardecerse el aire y noto como la pasión de sus miradas ordena la vida a su alrededor, haciendo girar a los camareros, reír a los niños, alzar las copas a los jóvenes o cantar las siete y media a los jugadores de la mesa del fondo.

Si viajan a Bilbao no olviden hacer una parada. Junto a la estación de Abando, busquen un viejo café en la plaza Biribila. A las siete y cinco.

30 de enero de 2010

INSTANTÁNEA

  luna llena Intuía la verdad desde hacía tiempo. No se tenía por un hombre especialmente inteligente, y no porque anduviese escaso de autoestima. Este último año, sencillamente, había empezado tirando del hilo de un ovillo mental. Tras meses de observación había logrado componer una lúcida fotografía de la empresa donde trabajaba. El esfuerzo diario le coloca al borde del agotamiento. Hoy no era una excepción. Deja reposar su cabeza sobre la almohada de látex. Solo será un instante-piensa- tengo tanto que hacer esta tarde...

   A punto de sonar las campanadas a medianoche todos se ponían en pié para recibir el año según la costumbre: uvas y copa de cava. El ritual perfecto. Él no tenía intención de contravenirlo, al menos de momento. Falsas sonrisas, vacuos comentarios empresariales, el gerente perorando sobre el sabor del vino embotellado en exclusiva para la firma. Cena pagada por la empresa. Esos detalles les colocaban a la cabeza de la competencia, a juicio de los jefes. No sólo no habían descendido las ventas este año, sino que además, el ahorro en costes se cifraba en algo mas del veinte por ciento. La conversación empezaba revolverle el estómago. ¿A costa de quién? Se giró en busca de otro grupo mas ameno. Sus compañeras, sentadas en un sillón daban un respiro a los pies, poco habituados a horas de baile sobre tacones de aguja.

-¿Conoces al nuevo del departamento de contabilidad?- preguntó una rubia que llevaba dos meses, según sus cálculos.

-No, ¿quién?

-Aquel de traje marengo- contestaron las dos a coro.

   Su mirada se dirigió hacia el muchacho, para a continuación recorrer la sala en un barrido panorámico. En un año de ciento cincuenta, quedaban apenas ochenta trabajadores. De los cercanos, solo tres jefes de departamento, dos del almacén y él mismo superaban los cinco de antigüedad . Pobre, pensó mirando al nuevo, no te haga ilusiones, en cuanto finalice la campaña no te renovarán. La política, pardillo, es no hacer a nadie indefinido. Así que rómpete los piños1, que no conseguirás mas que te agradezcan los servicios prestados. Y da las gracias si no te dicen que no has rendido lo que se esperaba de tí, como hicieron con otros antes.

   El gerente alzaba la copa desgranando uno a uno objetivos alcanzados. En un rincón sus ojos repararon en Pedro. De inmediato sintió lástima por él. Estaba solo, mirándose la punta de los zapatos. El caso de Pedro era en verdad sangrante. Tras un periodo de baja por una lesión lumbar, decidieron a su regreso reducir la jornada y dividirle el turno. El joven no se doblegó. Alegaron necesidades estratégicas, cuando los llevó a juicio. La empresa perdió. Obligados a devolverle a sus antiguas condiciones, le hacían la vida imposible con cambios de un día para otro.

   Quieren que me agote y me vaya- le dijo en una ocasión al cruzarse en un pasillo. Ten cuidado, no me respondas, hay cámaras y graban lo que decimos.

   Aquello no le sorprendió, reflexionaba ahora. Venía a confirmar lo que otros trabajadores con años en la casa le habían comentado poco antes de ser despedidos.

-Solo les falta ponerlas en el cuarto de baño para ver cuanto tardamos en orinar, bromeó Gaspar, su compañero en el almacén, cuando comentó el tema durante el desayuno. Gaspar se iba a jubilar pronto, apenas en tres meses. Posiblemente era el único que se permitía decir lo que pensaba por encima de cualquier consideración El resto del personal se dedicaba a dejar pasar los días, cruzados los dedos para que en la siguiente reunión de dirección no decidiesen que la próxima vuelta de tuerca pasaba por su puesto.

-Ser mejor que la competencia y hacer que pierdan cuota de mercado a nuestro favor-continuaba el gerente, copa en alto- ¡y lo conseguiremos con el esfuerzo de todos!. ¡Ahora a bailar!

   Las luces del techo habían vuelto a girar invitando al movimiento. Se lanzaron frenéticos a la pista. Los directivos, animaban a todos a formar una piña. La fiesta estaba en su apogeo. Saltaban pegados unos a los otros coreando el nombre de la compañía. Eso, dijeron los psicólogos en el último “training”, creaba atmósfera de pertenencia y hacía olvidar las supuestas injusticias. Somos una gran familia, se oyó decir al jefe de personal.

    No quería participar. Estaba hastiado. Se quedó junto al sofá, cámara en la mano, bajo pretexto de inmortalizar el momento. Concentró su ojo y su cerebro en enfocar la plataforma, que empezó a girar cada vez más rápido al compás de la música. Notó una extraña presión en el cerebro. La cabeza dolía lo indecible. Los bailarines, copa en mano, saltaban y coreaban al unísono: Up,Up,Up. Y ante sus atónitos ojos, puertas y ventanas se abrieron con estruendo, un viento gélido huracanado invadió la sala arrancando los goznes de la plataforma. La espesa bruma que lo acompañaba envolvió hacia lo alto cuanto se movía en la sala. En un segundo la pista entera caracoleando desapareció tras las nubes.

Bip, bip, bip, bip, bip, bip, bip.

   Apaga con rabia el despertador. Algo mareado, se toca la cabeza y trata de incorporarse. Seis y media, es la hora. Entra al turno en cuarenta y cinco minutos. De pronto le asalta la duda: que raro...¿lo habré soñado?. Se abalanza hacia su máquina réflex. El último fotograma, le arranca una sonrisa. Un objeto luminoso circular envuelto en niebla, cruza el cielo bajo el misterioso halo de la luna llena.

1Coloquial: dientes

25 de enero de 2010

Un brindis ¡por la vida!


nocturna 2blog
¡Vamos, vamos abuela, solo falta el tejado!-
La emocionada voz de la pequeña llena el salón.
¡Date prisa, ponlo, que va a empezar a nevar y se puede mojar el Niño!
El belén con su tejado de piezas desmontables desde hacía varias horas va tomando cuerpo. A través de los cristales, Adriana se ha distraído un segundo al observar la nieve que cae mansamente. Su nieta sujeta los copos de corcho blanco entre sus puñitos cerrados a punto de soltarlos sobre el nacimiento para simular el paisaje navideño. Descargada la nieve, ambas se sientan frente a la chimenea. La niña se acurruca entre sus brazos y pide un cuento para dormir.
-¿Sabes Clara que cuando alguien que amamos llega al cielo, los ángeles preparan una fiesta?...y al final disparan fuegos artificiales. Incluso se ven desde aquí, si prestas atención. Si miras en una noche sin nubes fijamente a lo mas alto verás cruzar estrellas fugaces...
Adriana desgrana la historia con voz cada vez más imperceptible, al notar la respiración pausada de su nieta. Comienza a notar el peso sobre las rodillas. No obstante no la lleva a la cama de inmediato. Cierra los ojos y por un instante rememora el rostro de su marido, fallecido en septiembre. Era él quién dormía a la pequeña contándole divertidas historias. Aún era capaz de evocar sus ojos vivos, el rictus de los labios, su amplia sonrisa fruto de un espíritu bondadoso y el acusado sentido del humor. Sonríe al recordar aquella vez, hace dos años, cuando ella le ayudó a preparar el equipaje para uno de sus últimos viajes. Tras el diagnóstico fatal, él había decidido no perder el tiempo.
-Doctor, a mí las cosas claras y el chocolate espeso, como se dice vulgarmente. Tengo esposa, hija y nieta. Debo arreglar los asuntos de mi empresa y dejar todos los papeles en regla. Así que al grano ¿Cuánto me queda?.Había pronunciado con seriedad estas palabras en la consulta, ante ella que se aferraba al borde de la silla para no desfallecer y el asombrado galeno sorprendido por la reacción del enfermo.
Si, así era Ramón: firme y decidido. Toda la vida había hecho frente a las dificultades. No iba a ser distinto ante aquel final anunciado. Lo que ya no lograba recordar es su pelo. Para aquel último viaje no quedaba rastro de él. Ramón bromeaba con su cabeza a la que comparaba con una bola de billar. Al llegar al hotel en Madrid mientras deshacía el equipaje había encontrado en el fondo del neceser un peine. Acto seguido marcó el número de casa.
Con una sonrisa y el fuego crepitando en la chimenea, evoca ahora las risas de Ramón al teléfono agradeciéndole el detalle de no olvidar ningún elemento en el neceser, pero reflexionando en voz alta que tal vez era momento de prescindir del peine, ya que era de todo punto innecesario. Logró contagiarla de su buen humor y terminaron riendo a coro su torpeza. Jamás volvió a ver el peine. Imaginó que él lo habría tirado.
En sus últimos días Ramón atendía el teléfono, recibía a los amigos, charlaba con ella hasta altas horas de la noche. Sólo al final se negó a ver a la pequeña Laura. Quería que conservara la imagen de abuelo feliz, sin rastro del tono amarillento de su piel causado por el fracaso hepático. No le quedaban fuerzas, más que para estar con ella, cogerse de su mano y apretarla con dulzura mientras esbozaba una fugaz sonrisa…
El último tronco crepitando en el fuego, la devuelve a la realidad. La niña profundamente dormida pesa en sus rodillas hasta entumecerlas. Con un suave movimiento se levanta para depositarla en la cama. Ese cuento, el que Ramón contaba todas las navidades a su hija, y luego a su nieta, había sumido a Laura en el sueño y a ella en tantos recuerdos, que agradece haberse quedado a solas. Apaga las luces del salón y se dirige al dormitorio. De pié frente al balcón, sus ojos se elevan desde la calle nevada al cielo, en el que se abre un gran claro. Al instante una estrella fugaz cruza delante de ella.
- Ramón… ¿será cierto?, se sorprende preguntando en voz alta.
Al girarse hacia su cama, en el lugar donde ella duerme sobre la almohada reposa el peine, aquel que había provocado las risas de Ramón. El que le descubrió como sonreír a la vida.

[Este relato es un homenaje a la persona que tuve ocasión de conocer por medio de un amigo común. Su forma de enfrentarse a una muerte anunciada, el buen humor de que siempre hizo gala, dejó en mi una profunda impresión. Como en todo relato hay parte novelada, pero  su espíritu está presente en el personaje de Ramón.]





16 de enero de 2010

Abismo inconexo

barranco Ella paseaba distraída la mirada por los estantes  de la tienda. No tenía previsto adquirir nada, aunque en rebajas por pocos euros surgen oportunidades. Enfrascada en estos pensamientos oyó una voz masculina  que a su espalda hablaba en voz alta ajeno al entorno.

No se preocupe, madre…

Le digo que la semana que viene,

Yo tampoco lo estoy pasando bien…

Madre, se lo he prometido y cumpliré. Tendrá los treinta euros. Usted no se va a quedar sin atender.

Al girar sobre sí misma pudo observar que la voz correspondía a un joven, delgado y desgarbado, con barba de varios días, que se dirigía con la mirada extraviada al móvil que sujetaba en la mano derecha. Alcanzó a percibir en ella un temblor incesante. Tras colgar se alejo rápidamente hacia la salida. Ella se ciñó la bufanda, se enfundó el gorro y los guantes antes de atreverse a franquearla. El frío era intenso afuera.  Se ajustó los auriculares, para escuchar la radio de vuelta a casa.

En lugar de música, la cadena emitía un agrio debate sobre política nacional en la que representantes parlamentarios de muy diverso signo opinaban, vociferaban, se transferían culpabilidades o trataban de zancadillearse dialécticamente. El tema prácticamente irrelevante para la vida diaria de cualquier ciudadano, pensó.

De pronto le asaltó el recuerdo del joven colgado de su teléfono móvil y su desamparada madre, con toda probabilidad anciana, jubilada y sola. Y comprendió, por el vacío que crecía en su estómago, que entre ambos mundos se dibujaba un abismo de irreconciliables extremos.