El viejo café de la plaza circular conserva el regusto de los establecimientos de antaño. Próximo a la estación de Abando, es un continuo ir y venir de gente variopinta. Viajeros , amas de casa con niños, ejecutivos y jóvenes. El paisaje cambia conforme transcurre el día. Se diría que el viejo café de la plaza Biribila se reinventa cada hora. Lo inmutable en él son su vieja barra, la decoración años cincuenta y los entrañables camareros. Ataviados de blanco y negro a la vieja usanza: pantalón con raya y botonadura dorada ciñendo la chaquetilla, serpentean con ligereza entre las mesas atestadas a la hora del tapeo.
El café sin embargo tiene una hora bruja. A las siete y cinco , algo tarde para la merienda y temprano para la cena, la puerta giratoria da paso en sucesivas oleadas a personas entradas en años, que comentan las noticias del día frente a un café con leche o un chocolate con churros.
Confieso que en mis viajes a Bilbao reservo siempre un momento para sentarme en la mesa del rincón junto a la cristalera, desde donde contemplo toda la estancia. Me gusta saborear la danza que allí se representa. Poco después de las siete y cinco entran ellos. Puntuales. Altos y espigados. Observan las mesas que quedan libres y con un solo ademán se indican uno a otro la elección. Toman asiento. Un breve gesto de la mano y ella reclama la presencia del camarero. Llama la atención su elegancia, el porte señorial, y un halo de felicidad que los envuelve en un mundo aparte, infranqueable al resto de los parroquianos.
Miguel, el mas antiguo de los empleados, me acerca el periódico y la bebida. La curiosidad me puede y discretamente pregunto. Así averiguo que se llaman Unai y Adirane. Mientras me sirve desgrana la historia de ambos hasta donde él conoce.
Adirane llegó en un lluvioso día de invierno. La cocina del caserío era un hervidero de gente. El aya se afanaba con la cocinera llenando la enorme marmita y cortando paños de lino. No era primeriza la señora, pero sí tenía malos partos. D. Pascual en el piso superior tampoco podía estar en reposo, a juzgar por las pisadas en el suelo de su despacho, que retumbaban sobre la cocina. Media hora y tres cigarrillos después el llanto infantil sacó a D. Pascual de sus paseos.
A pocos kilómetros del caserío, a la misma hora, Paca sintió una cuchillada en el vientre. La bala de paja que arrastraba le sirvió de apoyo. Se le cortaba la respiración. Al oír el grito, Miguelón acudió desde el prado frente a la cabaña, desde donde vigilaba el rebaño. El médico estaba lejos, no había tiempo, así que Miguelón apretando fuerte la mano de su mujer, colocó su cabeza sobre la paja. Apenas transcurrida media hora, Miguelón colocaba entre los brazos de Paca un muchacho encarnado, de carnes prietas que berreaba con buenos pulmones, al que llamaron Unai.
Ambos crecieron juntos, jugando por los prados, pescando en el río o bañándose a escondidas en la playa de Plentzia. Se comunicaban sin apenas gestos. Entre ellos empezó a surgir lo que un buen día D. Pascual decidió que había llegado el momento de cercenar. Adirane fue enviada a un internado en Suiza, donde recibiría la mas esmerada educación con vistas a un matrimonio conveniente. Unai aprendió con Miguelón todos las labores del campo y a cuidar del ganado.
Cuando regresó de Suiza, Adirane se estableció en Bilbao, cerca de la residencia de su futuro esposo en Neguri. No brillaba ya en su rostro la sonrisa de niña. La boda fue uno de los acontecimientos sociales del año. Y aún resonaban los ecos cuando estalló la guerra. La vida cambió para todos. Los que pudieron huyeron a Francia. Adirane casada y lejos de su tierra jamás olvidó a Unai. En mas de veinte ocasiones trató de hacerle llegar cartas desde el otro lado de la frontera. Mas la vida parecía dispuesta a mantenerlos alejados.
Miguel vuelve con el segundo txikito y nuevos pintxos, para contarme que treinta años después volvieron a encontrarse. Adirane, viuda y arruinada, había vuelto a la vieja casa bilbaína, único bien que heredó. Un día entró a tomar café al viejo establecimiento, donde Unai bajaba como cada tarde a echar la partida con los de la sociedad gastronómica. Apenas se vieron el mundo quedó suspendido a su alrededor. Cuantos estaban aquella tarde en el café sintieron el magnetismo de sus miradas y respiraron el anhelo que las circunstancias no habían logrado sofocar.
Desde entonces todas las tardes a las siete y cinco, la hora mágica en la que sus corazones volvieron a latir al unísono, Adirane y Unai, jubilados ambos, se sientan en una mesita de mármol. Cogidos de la mano contemplan la parroquia concurrida a esa hora, tarde para la merienda y temprano aún para la cena. Ella con porte dulce, erguida, elegante, con jersey negro de cuello alto sobre el que destaca la tez blanca y el pelo plateado. El, de recia constitución como buen hombre del norte y pícara sonrisa que exhibe a cada comentario de Adirane.
El café bulle de actividad. Pero puedo asegurar que cuando de forma imperceptible me giro para observarles desde mi particular atalaya, siento enardecerse el aire y noto como la pasión de sus miradas ordena la vida a su alrededor, haciendo girar a los camareros, reír a los niños, alzar las copas a los jóvenes o cantar las siete y media a los jugadores de la mesa del fondo.
Si viajan a Bilbao no olviden hacer una parada. Junto a la estación de Abando, busquen un viejo café en la plaza Biribila. A las siete y cinco.

